Argelaguer Vall del Llierca

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Vic, la universitat d’aquí

Posted by lejarza en 26 abril, 2015


Vic, la universitat d’aquí

Ramon Iglesias

Hi ha un centralisme pitjor que el barceloní: el gironí. Un exemple el tenim amb la Universitat de Girona, una institució molt tancada i intel·lectualment incestuosa, que viu empantanada en les seves coses i que no interactua amb el món exterior i, encara menys, amb les ciutats del seu territori.

Mentre la UdG continua comportant-se de forma arrogant (posat d’altra banda incomprensible perquè no és una universitat excel·lent en res), la Universitat de Vic li va menjant terreny en ciutats com Olot, Ripoll i últimament també a Figueres.

“És cert que una és pública i l’altra privada… però l’arrogància dels catedràtics de Girona acabarà convertint la UdG en un centre encara més provincià”, m’explica un important alcalde.

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Una respuesta to “Vic, la universitat d’aquí”

  1. lejarza said

    De la universidad realmente existente

    “Universitat morta” es un artículo de Aida Sánchez de Serdio (21 de abril de 2015, http://www.nativa.cat/2015/04/universitat-morta/). Algunos compases, traduzco del catalán

    “Estos últimos meses he recibido noticias tristes de la universidad. No se trata de nuevas reformas privatizadoras, recortes, o degradaciones del ambiente académico e intelectual, aunque son efecto directo”, señala la profesora Aida Sánchez de Serdio [ASS]. Son historias personales que “hablan del estado de toda una institución, de todo un sistema moribundo que mata las personas que lo habitan”.

    Una antigua compañera de su departamento que era profesora titular, “se marchó de la universidad porque el clima de presión y de falta de perspectivas le resultaba insoportable”. Dos otros amigos, profesores asociados y doctores ambos, “personas excelentes que tuve la suerte de conocer durante las movilizaciones de 2011 a 2013, me comentan que quieren abandonar la universidad por motivos similares, a los que se añade la eterna precariedad que a veces roza directamente con la pobreza económica”. Otro compañero de lucha de la autora y responsable sindical “es objeto de vigilancia y de denuncia por parte de su propia universidad”.

    Las “bajas” le han hecho revivir intensamente sus últimos años en la universidad y actualizar el balance que ya hizo pero que ahora puede formular “con más serenidad gracias al tiempo transcurrido”. Su reflexión se refiere en esta ocasión “al profesorado y al que hace o deja de hacer en circunstancias extraordinarias (que parece que se han acaban convirtiendo en ordinarias a base de reiterarse y presentarse como inevitables)”.

    Para empezar por el colectivo al que ella misma pertenecía, “recuerdo perfectamente como el profesorado que veía cerrarse las puertas de la consolidación laboral en su cara repetía y reclamaba una y otra vez que había ‘hecho los deberes”. Sí, prosigue, “teníamos todas las acreditaciones, todas las estancias en el extranjero, todas las publicaciones, todas las investigaciones. Habíamos hecho las deberes y ahora no nos daban el premio. Cada vez que los oía decir eso me rompía el corazón y me desesperaba: ¿qué importaba haber hecho los deberes o no? ¿Reclamar que habíamos hecho los deberes no era sólo otra forma de apuntar que merecíamos un privilegio? ¿Cómo habíamos llegado a este grado de docilidad, de dependencia, de falta de solidaridad?”

    Por qué, prosigue la autora, “¿no éramos capaces de pensar más allá del interés corporativo y darnos cuenta de que compartíamos precariedad con el profesorado no acreditado, temporal, a tiempo parcial?” O con otros muchos sectores asalariados. “Y cuando las arbitrarias e insuficientes plazas se repartieron no quedó ni siquiera el vínculo corporativo: todo el mundo corrió a recoger el que cayó. Me fui de la universidad viendo la desbandada general con una tristeza difícil de expresar con palabras”.

    Ella entendió que eran producto de un larguísimo proceso de disciplina-control que tenía como finalidad generar un sujeto académico obediente: “nos habían acostumbrado a aprobar exámenes, rellenar formularios, preparar currículums estandarizados, concursar infinitamente, superar evaluaciones, redactar proyectos de investigación ajustados a las convocatorias, diseñar planes docentes según los apartados obligatorios, someter a otras a las mismas disciplinas-control en las que habíamos sido sometidos nosotros (esto último fundamental para convertirnos en un engranaje más de la reproducción)”. La hegemonía de las clases dominantes. También en la Universidad desde luego.

    Fallar en alguna de estas pruebas permanentes podía suponer perder los exiguos privilegios que el sistema “nos hace creer que son nuestro premio”. De este modo, “somos moldeados cuidadosamente en una cultura del miedo y del individualismo. ¿Qué clase de voluntad o qué “experiencia iluminadora” es necesaria para mantener el espíritu crítico y la dignidad en estas condiciones?”

    Ni siquiera haber pasado por la misma situación garantiza la solidaridad, prosigue ASS. Un ejemplo, un recuerdo suyo:

    “[…] una vez hice una presentación en unas jornadas en la que me refería a la situación de degradación deliberada de la universidad pública y la precarización del profesorado que ello conllevaba. Un catedrático, ya a las puertas de la jubilación, y supuestamente “colega” de mi área de conocimiento, me respondió al final de su propia intervención diciendo que él había sido “penene” [PNN, profesor no numerario] y que también había pasado momentos difíciles, naturalizando la explotación como si fuera una fase que todos tuviéramos que pasar. ¿Por qué su experiencia le hacía ver nuestra lucha cómo irrelevante en lugar de hacerlo solidarizarse con la generación más joven?”

    Se pregunta por qué, “salvo excepciones que nunca agradeceremos suficientemente”, los docentes consolidados, con contratos permanentes y casi intocables, “no se organizan ni se movilizan para detener reformas que sufre la universidad (Plan Bolonia, recortes, ahora la reducción de los grados)? ¿Por qué, en aquel momento, no mostraron ninguna señal de apoyo con los compañeros con los que trabajaban todos los días y que estaban a punto de irse a la calle? ¿Por qué recibimos compasión, en el mejor de los casos, en lugar de solidaridad? ¿Por qué los responsables académicos no se negaron a aplicar los despidos de sus compañeros dimitiendo de sus cargos, por ejemplo?”

    Más doloroso aún: “por qué -de nuevo, salvo excepciones-, cuando nos fuimos, la mayoría de nuestros supuestos compañeros, con los que habíamos trabajado desde hacía tanto tiempo, no nos demostraron que eso les importaba, ni se ha puesto después en contacto para saber qué ha sido de nosotros?”

    Es esta degradación de la conciencia, la solidaridad y la humanidad, concluye ASS, lo que me hace temer y decir que estamos en una universidad muerta. “Más allá de las políticas que destruyen de manera muy consciente la universidad pública, es esta degradación de la conciencia, de la solidaridad y de la más mínima humanidad lo que me hace temer que estamos en una universidad muerta”. La estructura académica autoritaria tradicional, actualizada y refinada a través de las reformas neoliberales, señala, está logrando su objetivo como mecanismo tecnológico de producción de sujetos dóciles. ¡Qué lejos, exclama, grita, denuncia, “nos queda esa idea de la universidad como núcleo de revuelta, crítica e imaginación de un futuro diferente”.

    Nadie está libre de peligro, recuerda, así que “sólo espero que si alguna vez me vuelvo una docente acomodada incapaz de mirar a la cara a la violencia institucional, de levantar la voz ante la injusticia, o de mostrar solidaridad, alguien me escriba un artículo como éste, o peor, para hacerme saber en que me he convertido”.

    Hasta aquí ASS. No sé si ella ha leído un texto de intervención, breve como el suyo, que escribió Manuel Sacristán en 1984: “La OTAN hacia adentro” (ahora en Pacifismo, ecologismo y política alternativa, Icaria, Barcelona, 1987, pp. 166-168). Sé que no es éste aquel tiempo y que la temática es otra muy distinta pero a mi me lo ha recordado varias veces al leerla. Sea dicho en honor de Aida Sánchez de Serdio y como muestra enrabietada de solidaridad. ¡Qué generación la mía, la de algunos, la de muchos! ¡Tantos sueños juveniles y tan mezquinas realidades de adultos!

    Un complemento. Lo tomo de un artículo de Joan Boada, del pasado miércoles en El País .Cat.

    Según el estudio El finançament de les universitats públiques catalanes (1996-2014) publicado en 2015 por el Observatori del Sistema Universitari, “los decretos de liberalización de las tasas han permitido a las Universidades aumentar sus ingresos propios mediante un aumento del precio de las matrículas ya que los gobiernos de España y Cataluña disminuyeron drásticamente sus aportaciones”. El gasto por estudiante pasó de 16.000 euros en 2008 a 12.000 en 2012, es decir, 4 mil euros menos, una reducción del 25%.

    Más aún. En el conjunto de España el precio de matrícula del grado es de 750 euros. En Cataluña la matricula cuesta entre 1.750 y 2.500 euros (en el primer caso, más del doble; en el segundo, más del triple). En los cursos de posgrado, el precio ha aumentado a 4.000 euros.

    La participación de las familias en el gasto universitario ha pasado del 12% al 20% (un incremento de 8 puntos, ¡¡de casi el 70%!!). El número de estudiantes ha disminuido en Catalunya; de 173.000 hemos pasado a 163.000.

    Lo peor, comenta Boada, “es que estos aumentos en la matrícula no han sido acompañados de un aumento de inversión en becas. Paradójicamente, en los países donde los precios de las matrículas son más baratos las ayudas a estudiantes son más elevadas (becas salarios, reducciones de impuestos, etcétera.), mientras que en aquellos países donde las matrículas son más elevadas, las ayudas son inferiores. España y Cataluña tienen posiciones europeas de honor en este último ranking”.

    Todas estas políticas conducen, en opinión de Boada, a la destrucción de la Universidad pública “y, por lo tanto, de una institución que genera y transmite conocimiento en igualdad de oportunidades. Si esta tendencia negativa persiste, serán menos los que podrán cursar estudios superiores y será menor el capital humano formado que el país necesita para un nuevo modelo económico más justo y sostenible”.

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